Al salir del bar allí estaban ellos: 40 tíos grandes como armarios y armados hasta los dientes, acompañados de un par de chavalillas que apenas levantaban metro y medio del suelo.
La primera reacción del grupo fue la de pararse para analizar la situación pues se sabían en desventaja numérica y un enfrentamiento directo podía acabar francamente mal. Sin embargo, estaban en un callejón sin salida. Sus únicas opciones eran pelear o refugiarse en la tasca, lo cual era una opción suicida pues los tíos que tenían delante fácilmente derribarían la puerta con un par de patadas. Estaba claro, tenían que pelear, aunque ello significara perder la vida.
Con un leve movimiento de cabeza Ekaitz indicó a los demás lo que debían hacer y estos respondieron como sabían hacerlo. Sí, estaban en inferioridad numérica y el alcohol en sangre no ayudaba a mantener la concentración, pero la rabia y el odio hacia su enemigo hizo que todos esos problemas fueran olvidados rápidamente. En escasos metros los dos grupos se encontraron, y comenzó una cruenta pelea que se grabaría a fuego en su memoria.
Botas, puños americanos, palos, bates de béisbol, sillas, botellas, hebillas de cinturón, cadenas de hierro y un sin fín de utensilios utilizados como arma, incluídas un par de dagas y la extensible de Javi, se mezclaron en una nube de polvo y gritos que despertaron a la propia noche. La sangre tapizaba la acera, y Amaia pudo comprobar en sus propias carnes que el enemigo es fuerte en las distancias cortas cuando se siente arropado por un buen número de "camaradas". Estaba paralizada, y lo primero que sintió fue su labio partiéndose tras recibir un puñetazo de una de las otras chicas. Cayó al suelo, entre un montón de botas que no dejaban de moverse. Creyó morir allí mismo, pero se dio cuenta de que no estaba hecha de cristal, y que tenía que levantarse, así que se incorporó nuevamente y le devolvió el golpe a su agresora con una silla, dejándola inconsciente en el suelo.
Los dos grupos se enfrentaban, asalto tras asalto, dejando cada vez más cuerpos esparcidos por el suelo. Sin embargo, justo en el momento en que la pelea parecía que iba a acabar mal, las luces azules provocaron la huida de los que aquella noche se vistieron de cazadores. Por una vez, el canto de la sirena traía buenas noticias mas no por mucho tiempo, pues ese sonido fue bruscamente interrumpido por el aullido de dolor de quien Ekaitz consideraba su hermano, "El Birras", que habia tenido la mala suerte de ponerse en la trayectoria de una daga. Así, mientras las luces de la policía llenaban el callejón y todo el grupo se situaba en torno al compañero herido, decidieron que aquella visita nocturna no quedaría impune...
No hay comentarios:
Publicar un comentario