16 de abril de 2013

Euskal Herria, bella tierra (parte I)

Comienzo con ésta una serie de entradas sobre el viaje que realicé en Semana Santa a Euskal Herria. Después de mucho pensar y darle vueltas a la cabeza, he decidido que, en lugar de hacerlo tipo diario, las escribiré por temática, a fin de que toda la información quede más clara y mejor recogida. Sin más dilación...comienzo el relato.

Domingo por la noche. Todo estaba listo. Ya sólo quedaba descansar y a la mañana siguiente estaría rumbo a mi destino: Donostia. La ilusión del viaje y de conocer a las personas que allí me esperaban se mezclaba con la tristeza de no haber conseguido que cierta persona me acompañara en esa experiencia.

Tras un viaje largo, 12 horas en total (contando las 2 horas en Madrid esperando el trasbordo) llegué a la estación. Allí, mientras el tren aminoraba la velocidad, pude vislumbrar a través del cristal de la puerta esa melena rojo fuego que me guiaría y acompañaría durante mi estancia en aquel lugar.


Lo primero que recibí de N (pondré sólo la inicial, a fin de guardar un poco su anonimato) fue un enorme abrazo de esos que da gusto recibir. Acto seguido, dejamos mis cosas en el hotel y nos dirigimos a dar una mini vuelta por la ciudad, buscando algún lugar donde comer bien...bueno, corrijo, donde comer, porque en Donostia y en Euskal Herria en general se come cojonudamente. He de añadir, llegado este punto y sabiendo que lo tocaré en otra entrada, que ese bocadillo-pintxo de tortilla del "Giroki" estaba espectacular.


Ya al día siguiente dedicamos toda la mañana a recorrer lo más turístico de Donostia, incluyendo el Kursaal, la Playa de la Concha y la de Ondarreta, entre otros.
 Esa misma tarde, y tras parar a comer, nos dirigimos a Errentería y Donibane. De Errentería se puede decir que es pequeña, pero se respira clase obrera en cada esquina. Remarcable de mi paso por allí la visita al cementerio y el personaje que encontramos dentro de un pequeño panteón.
En cuanto a Donibane podríamos decir que me dejó enamorado por sus murales y todo aquello que se puede ver sólo allí...pero que no voy a contar ahora mismo. Así mismo, el paseo que dimos bordeando la costa fue precioso.

El segundo día llegó el plato fuerte, por así decirlo, porque junto con N vino C, y bueno, qué decir de ellos dos: son encantadores, muy amables y encima tienen un sentido del humor que a un servidor gustó mucho. Sin duda, doy las gracias a las redes sociales por haberme permitido conocer a dos bellísimas personas como son ellos, y espero que la amistad no decaiga por la distancia.

Siguiendo con la historia, pasamos la mañana dando una vuelta por Hernani, en la cual no hay demasiado que ver en cuanto a monumentos pero la cual posee un halo indescriptible que te pone el vello de punta. Debido a que el bar al que pretendíamos ir estaba cerrado a esas horas de la mañana, decidimos coger el bus y emprender camino dirección Zarautz (sí, la tierra de Arguiñano). De Zarautz decir que tiene un paseo playero precioso, muy largo, y los murales de las fiestas de barrio son dignos de reportaje fotográfico. Allí comimos unos bocadillos acompañados de zumo de cebada y a última hora de la tarde volvimos a Donostia de nuevo.

Es en este momento cuando más divertida se pone la historia, porque N y C se quedaron a dormir conmigo en el hotel (un 10 a los desplazados). Después de unos kebabs y unas birras rusas, la conversación fue por diversos derroteros hasta que, sobre las 2 AM, una llamada de teléfono nos indicó que era hora de planchar la oreja. 


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